Esta noche, en Yakarta, me ocurrió una de esas coincidencias que la vida diplomática saber tejer. En un evento conocí a un diplomático indonesio en retiro. Nos presentamos en indonesio salpicado de inglés. De pronto, de la nada, soltó una frase en español y no cualquier acento: español mexicano. Un español fluido, con una naturalidad que solo se adquiere en la infancia. Lo miré con sorpresa y le pregunté ¿De dónde salió ese español?
Sonrió con nostalgia y cierta complicidad, me respondió que su papá fue el primer embajador de Indonesia en México. Él pasó parte de su niñez allá, corriendo por calles en CDMX, creciendo entre compañeros chilangos en la escuela, aprendiendo palabras, sabores y sonidos mexicanos.
El Emb. Thayeb vivió décadas de vida diplomática. Pero bastaron dos o tres frases para que apareciera intacto aquel niño que alguna vez vivió en México. En la conversación fue, poco a poco, soltando expresiones mas mexicanas.
Fue emotivo ver cómo su rostro cambiaba al recordar esos años. Hablaba de México con alegría, una mezcla perfecta de cariño y picardía. Los años pasan, las carreras diplomáticas nacen y terminan, los países cambian, pero ciertas infancias se quedan viviendo para siempre dentro de uno. Pensé en mis hijos. Esta noche, a miles de kilómetros de México, conversó con un español mexicano que viajó con él desde su niñez.
La diplomacia tiene formas concretas de medirse; resultados, tratados, acuerdos, visitas oficiales, balanzas comerciales, pero a veces en su arista familiar, la huella más profunda aparece después, en la voz de alguien que, sin darse cuenta, sigue hablando como el niño que fue en otro país.